Idolos y personajes de Zárate 
Ricardo Enrique Bochini

Como las impresiones dactilares, no hay dos futbolistas iguales. Todosn tienen algo diferente, distintivo, unico. Aún partiendo de esa regla se puede decir con total naturalidad que Ricardo Enrique Bochini fue un jugador diferente. Distinto de todos. Por su concepcion del juego, su panoramica de la cancha, la geometria de sus pases, la extraña mansedumbre de su agresividad, su singular personalidad. Absolutamente único, magistralmente distinto.

Se puede decir, tambien, que Bochini nacio para jugar al futbol. No sólo por sus extraordinarias cualidades naturales, sino por esa innata vocacion para darle a la pelotita desde la mañana hasta la noche desde el momento mismo en que descubrio ese redondo, vivaz y maravilloso juguete.

    

"Lo de este chico fue como una obseción - contaba Luis Cirulli, su descubridor, quien lo llevó a jugar a la séptima de Belgrano, de Zárate, su ciudad natal -. Vivía jugando a la pelota de la mañana a la noche. Y si no quedaba ningún otro pibe seguía solo, dándole contra la pared
de su casa, taca-taca...
El Richard no hablaba nunca. Jugaba en su division y mientras los demás se cambiaban y se iban, él se quedaba en un costadito del banco por si faltaba alguno del próximo partido. Si llegaba a ocurrir eso, yo le preguntaba: querés entrar? y saltaba como un resorte. Habia sábados que jugaba tres partidos".

Don Antonio, su padre recientemente fallecido, lo confirmaba con otro recuerdo: "Yo era empleado municipal y tenia nueve hijos, imagínese las necesidades, por eso mis pibes trabajaron todos de chiquitos. Al Richard tambien lo llevé conmigo, a una changa de albañil pero no engranaba. No es que fuera vago ni le faltara inteligencia para aprender el oficio, no, es que él siempre tenía la cabeza en otra cosa...".

Lo probaron diez minutos

La ruta que el destino habia marcado la encontró en Independiente. "Lo querían varios clubes, pero como él era hincha de San Lorenzo (?), igual que yo y sus hermanos, nos dieron una recomendacion y fuimos a la Avenida La Plata. El técnico era Diego García, pero ni siquiera lo probaron. Lo tuvieron dando vueltas de una puerta a la otra y al final nos pegamos la vuelta para casa. Después lo llevaron a Boca, Richard dice que jugó uno de los mejores partidos de su vida, pero Bernardo Gandulla le dijo que todavía le faltaba un poco. Hasta que apareció la chance de Independiente" - la evocación también es de Don Antonio. "Lo hice jugar diez minutos, pero me bastaron cinco para darme cuenta de que era un crack", sostiene Nito Veiga.

  

Ataúlfo Sánchez, aquel arquero de Racing, se lo recomendó a Nito Veiga, a cargo de las inferiores rojas. Una prueba de diez minutos y a fichar. Alli nace la historia grande, la biografía de un genio del futbol, del ídolo más grande de Independiente en sus ochenta y seis años de vida. Idolo porque sí, sin proponérselo jamás. La hinchada le inventó un cantito que durante diecinueve años fue un himno de guerra, un grito de orgullo que explota desde el corazón, y atropella la garganta: "Bo-Bo-chini, Bo-Bo-chini". Pero nunca dijo que era hincha de Independiente. Jamás habló bien de un directivo porque no lo sintió. Siempre admiró - y lo dijo - a Menotti, el técnico que lo marginó de dos mundiales. Siempre combatió - y lo dijo - las ideas
futbolísticas de Bilardo, el que lo llevó a la Copa del Mundo en México.
Cada vez que le pusieron un micrófono o un grabador criticó a los técnicos que él consideró defensivos y alabó a aquellos equipos que intentaron jugar hacia adelante y con pelota al pie. Enarboló siempre la bandera de la antidemagogia.
Como jugador propiamente dicho inventó un misterio. El misterio de tener un físico pobre, escasísima potencia de remate, nada de cabezazo y ser un fenómeno del fútbol. Apareció como un gambeteador excepcional hasta que un día desistió del dribbling como recurso escencial."Faltan espacios, te gambeteás a tres y el cuarto te la saca, aunque sea un tronco. No va. Hay que llegar tocando. El toque de primera y en velocidad sorprende y desequilibra", confesó un día. Y se convirtió en un estratega único, en un conductor notable. Fue en esa faceta donde el público de todas las hinchadas admiró su inteligencia fuera de serie para concebir la maniobra de ataque y el pase-gol.
Nunca concibió una gambeta hacia el costado, el pase hacia atrás o la jugada que no tuviera como destino el gol. Aún la más tonta de las maniobras para Bochini es el nacimiento de un gol.
Llegó poco a la red, 97 veces en 637 partidos oficiales pero fabricó centenares de goles con sus célebres pases-gol, esos que pasan entre mil piernas para dejar al delantero a solas con el arquero.

Y cuando el gol lo tuvo como protagonista, pintó cuadros de goles, escribió poemas de red y grito, edificó monumentos al gol. Ya forman parte de la antología del fútbol algunas de sus conquistas más célebres, como aquella apilada contra Peñarol, cuando gambeteó a siete en hilera con la velocidad de un rayo. O el gol frente a Juventus, en Roma, que definió la Copa Intercontinental, de sombrerito a Dino Zoff después de una doble y milimétrica pared con Bertoni. O el de Córdoba, a Talleres, la noche que Independiente fue campeón con ocho hombres. Los suyos tuvieron el sello de lo inolvidable. Y de lo necesario. Decía un viejo hincha de River: "El cuarto gol de River contra Tigre en una goleada de seis a cero lo hacía Juan Pérez, pero para ganarle a Boca en la Bombonera el gol lo tenía que hacer Labruna". Con el Bocha sucedió lo que con Angelito. Hizo pocos, pero claves, y en los partidos difíciles. Por eso son grandes.

Para confirmar su estirpe ganadora, Bochini logró catorce títulos: 4 de primera división en la Argentina, 4 copas Libertadores, 3 Interamericanas, 2 Intercontinentales y una del Mundo, en México '86. Además, la yapa de una Liguilla ganada a lo grande: 2-1 en la final contra Boca, en la Bombonera y con gol de Bochini faltando cinco minutos.

El tiempo le fue volando las chapas a aclarando cada vez más las ideas. Hasta llegar a definir
partidos con tres toques de primera. Entonces llego el calificativo mayor, el que lo define: "Maestro". Sus maniobras tuvieron siempre el sello de lo distintivo, el sentido de lo catedrático,
la profundidad de lo filosófico. Eso fue lo que introdujo en el inventario selecto del fútbol argentino.

Lo otro, lo de la idolatría, llegó por extensión. Y por ese indescifrable misterio de los que tienen carisma. Hizo todo al revés de lo que indica el Manual para ser Idolo: tomó distancia siempre del periodismo, se manejó sin representantes ni creadores de imagen, fue austero de costumbres y persistente de convicciones, deploró la demagogia. A pesar de ello, a pesar suyo, fue un ídolo de gigantescas dimensiones, el hijo dilecto de cada hincha de Independiente, para quienes "la vieja y el Bocha son intocables."

Como sostuvo siempre Hugo Gatti, el secreto está en ofrecer un producto noble. Bochini puso en la vidriera del fútbol su juego limpio y ofensivo, carente de mezquindades y pleno de ambiciones. Asi entró en el gusto y en el corazón del hincha argentino.

Nota publicada en la edición especial de El Gráfico "Grandes del deporte argentino - Fascículo 2" en 1991

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